51 a 60 años.
Para mi fue, físicamente, mejor que la anterior. Pero mamá seguia decayendo. Con 80 años era, en lo físico, una sombra de lo que fue (la mente no le fallo hasta su final)
Hice grandes esfuerzos de recuperación económica. Volví a ahorrar, suponía que pronto llegarían otra vez malos momentos. Mamá se iba apagando.
Los últimos esfuerzos laborales, nos dieron muy poco dinero.
Los fines de semana paseaba con Atilin por las afueras del pueblo. A ella no le gustaba, echaba de menos el gran parque, y sus amigos.
Encontramos una colonia de gatos y recogí a 2 pequeños enfermitos: Moisés (7 de enero 2011) y Bamby (sept. 2011)
Llevaba comida a las madres gatas, 2 o 3 veces a la semana. Criaban todos los años (2 veces) Me conocían y se dejaban acariciar, madres y crías. La perrita Atila no los molestaba, incluso se restregaban en ella impregnandose en su fuerte olor. Y se les veía orgullosos. Eran gatos privilegiados, libres y mantenidos, siempre alegres.
Me relacione con gente animalista. La mayoría de aquel entorno eran malos con los gatos. Eramos 2 o 3 solo las que les dábamos de comer. Yo lo hacía a escondidas.
Hacía unos años que había conocido a Margarita y sus amigas. Señoras de alto nivel intelectual y adquisitivo, de Caritas Diocesana.
Las señoras de Caritas eran bastante mayores, de la generación de mi madre, charras pero "buena gente". Nos ayudaron con discreción. Fueron valioso apoyo moral para mi.
Ahora no vivir en la capital era un perjuicio. Otra vez, la solución a los problemas no estaba en mi mano.
Mueren los últimos de mis mayores y seres queridos:
Los tios Purificación y Fernando murieron en los años 90s.
Tío Nestor 2009, con 90 años.
La gata Michi en octubre 2011, con 19 años.
Tía Carmen 2012, con 88 años.
Mamá 2013, con 88 años.
La perrita Atilin en verano 2015, con 18 años.
La perrita Anís en agosto 2018, 5 años, de misteriosa enfermedad.
La gata Lulú en octubre 2021, de cáncer de mamá.
Estas pérdidas me entristecieron mucho. Quise socializar, en este pueblo, pero la gente es tan inferior intelectual que no conecté con nadie, más allá de unos saludos leves y conversaciones cortas e intrascendentes. Sentí (y sigo) gran soledad intelectual.
Los inferiores intelectuales llegan a ser crueles si se pasa la raya de la amistad. Así que me replegue para vivir discretamente.
Me quedan los libros y la tecnología. Me gusta la novela histórica. Manejo los mapas. Viajo por YouTube todas las semanas.

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