Entresiglos (XIX – XX)
En la fría tarde del 9 de marzo de 1892 la señora Martina Hérnaíz, esposa de Joaquín Alcalde, se puso de parto. La
atendieron sus hijas, Régula, de 22 años, y Petra, de 15. Mientras Joaquín y su
hijo Juanito estaban trabajando.
Un nacimiento no era algo extraordinario en la humilde familia. Aquel
hacía el número nueve, ¡quien sabe si el niño/a viviría para hacerse adulto.
Por ahora solo sobrevivían tres, los que gozaron desde el primer momento de
mejor salud.
Vivían en Fuenmayor, uno
de los pueblos más cercanos a Logroño. Situado junto a la línea férrea del Norte,
entre El Cortijo y Cenicero. Una larga alternancia de lluvias torrenciales y
fuertes sequías, arruinaron las cosechas. Emigraro la familia a la capital en busca de trabajo,
y allí tuvieron que ocuparse de las tareas más ingratas.
La última era una preciosa niña, aparentemente sana. Se planteó que nombre
ponerle. Alguien dijo de llamarla Francisca, como a la última hija que vivió poco
tiempo (había muerto niña 7 años atrás) Para individualizarla todo el mundo le llamó Paquita, y algunos Quica,
lo que a ella no le gustaba.
El señor Joaquín no vivió mucho, falleció de pulmonía a los 54 años. Los
hijos mayores se casaron pronto. Paquita empezó yendo a una escuela de monjas
con fuerte división por clases socioeconómicas: niñas de pago y las de
beneficencia. De éstas últimas era ella. Contó que había una monja muy mala,
que les pegaba con una vara por cualquier cosa. Dejó la escuela sin aprender a
leer y escribir, aunque distinguía las letras y era de naturaleza muy inteligente, y lista.
Madre e hija trabajaron haciendo sillas de anea. Era un trabajo muy duro,
sobre todo en invierno. Tenían que humedecer las varas, trabajar introduciendo
las manos en el agua del río Ebro. Las manos se les llenaban de sabañones y se
les agrietaban. Luego se le curaron (cuando yo la conocí tenía manos finas y suaves, ya era mayor, se le notaban mucho las venas) Siempre estuvo muy delgada. Y con 70 años era de piel fina y muy guapa.
Contaba la abuela que en su infancia y juventud (finales del siglo XIX y principios del XX) el tiempo fue
extraordinariamente frío. Se llamó “La pequeña era glaciar”. Era frecuente
ver témpanos de hielo en las fuentes y colgando de los tejados.
En la casa de Paquita había agua
corriente que, a veces, se helaba en las cañerías, pero no había servicios
sanitarios. Un agujero en el portal servía de retrete a todos los vecinos. Por
la mañana se saludaban con los orinales, evacuados o por evacuar. El portal
nunca olía bien.
Tardó en llegar la luz eléctrica. Y cuando hubo luz tenían una sola bombilla, con un cordón largo para llevar de una habitación a otra.
De los hermanos, la mayor, Regula no tuvo buena suerte. Casó con un
borracho que la maltrataba. Cuando él murió ella quedó en la más absoluta pobreza,
con tres hijos: Luciano, Mariano y Eduardo, que la mantuvieron hasta que se
independizaron. Luego vivía de la
Beneficencia le llevaban la comida a casa.
Petra y Juanito encontraron trabajo en la fábrica de tabacos. Entonces se
consideraba un privilegio trabajar en la Tabacalera , pues sus empleados recibían buenos
sueldos.
Juanito casó con Nicolasa, también cigarrera. Los hijos de las
cigarreras solían morir pronto por mal cuidados. A Petra no le vivió ninguno. A
Juanito le vivió solo uno, Jesús, y porque fue cuidado por su tía Paquita.
Así la niña, que le llevaba 13 o 14
años, pudo ganar algún dinero con trabajo menos ingrato.
La madre de Paquita fue a
servir a su hijo Juanito como empleada de hogar, pues así la trataba la orgullosa Nicolasa, según contaba Paquita. En la casa de Juanito entraban dos
sueldos de cigarreros, además Nicolasa tenía alguna fortuna. Compraron un buen
piso en casa nueva, construida al otro lado de la vía del tren (lo que luego
sería Gran Vía) esquina a Vara de Rey, por donde se entraba. Piso de gente
acomodada, con varios balcones y amplia galería.
A los 14 años, Paquita se echó un novio: Marcos Pérez Castroviejo,
originario de Matute (Sierra de Cameros, la Rioja) nacido a finales de abril de 1891. Hijo de la señora
Teresa, que trabajaba en la
Tabacalera , y del señor Martín. Tenía dos hermanos, Pedro,
uno o dos años mayor que él, e Inés, más joven. Inesita quedaba al cuidado de
sus hermanos. En un invierno, frío como los de entonces, cogió una fuerte gripe
y quedó ciega. Los niños no se habían preocupado de que no saliera de la manta
en el suelo sobre la que gateaba.
(Yo conocí a Inés ya mayor y huérfana. Estaba en una residencia de la Beneficencia, atendida por monjas. Era una buena mujer. Recuerdo su bigote que raspaba. La abuela y yo la visitábamos varias veces al año. Le llevábamos chucherías y ropa)
Marcos era un chico instruido, pudo ir a buena escuela, gracias a los
ingresos medios de sus padres. Formaba parte de la pandilla de chicos y chicas
de Paquita. Entonces no era muy importante la escolaridad en las niñas, los
chicos preferían que fueran guapas, decentes, y bien dispuestas para las tareas
del hogar.
A la posible futura suegra no le agradaba que ese noviazgo fuera a
mayores, pues quería casar a su segundo hijo con alguien de fortuna. Nunca
apreció a Quica, prefería que fuera mero pasatiempo del chico.
Francisca era muy guapa, de aspecto ario: cabello castaño claro y ojos
gris claro, con un óvalo de cara perfecto. Bien formada de cuerpo y agradables
maneras, superaba con creces su baja condición social.
En aquellos tiempos las clases sociales tenían barreras casi insalvables.
En la parte superior de la pirámide las gentes de la rancia nobleza, que solían
emparentar con una segunda clase, la alta burguesía, en muchos casos por
cuestiones de superación económica. En la mitad los llamados “artesanos”,
trabajadores bien pagados. Entre éstos estaban los cigarreros y la baja
burguesía, generalmente comerciante. En cuarto lugar estaban los trabajadores
pobres y las gentes de ínfimas rentas. En Quinto lugar los pobres “de pedir”,
que solían ser auxiliados por la Beneficencia (Cáritas Diocesana en la actualidad)
Ésta entidad religiosa les socorría con alimentos, y les alojaba en muchos
casos en Hospitales de Caridad.
Todas las clases sociales aspiraban a más. Los de la base de la pirámide
era lógico que así fuera. Lo tenían difícil. No solía haber grandes saltos, lo
más emparentaban clases adyacentes: trabajadores pobres con clase media, baja
burguesía con alta, alta burguesía con Nobleza.
Las clases sociales se exponían en el Espolón. Había distintos paseos: el
de “los señoritos” más céntrico, entorno al quiosco de la música (poligonal, muy bonito decían papas. A principios de los 60 construyeron el actual, tipo californiano) En medio el paseo de
“los artesanos”.
En la periferia el de “los pobres”, una chusma ordinaria y mal
vestida con la que Paquita y sus amigas no querían mezclarse. Por ello
conocieron a chicos de mejor fortuna. Se fijaban en “las señoritas”, con
sombrilla, complicados vestidos, peinados y sombreros. Llevaban la última moda
de París, la que se dibujaba en las publicaciones periódicas, con alguna de las que se podía hacer Marcos, que trabajaba de pinche en la Imprenta Moderna. Paquita y sus amigas miraban esos trajes e intentaban impregnar algo de ese glamour a las
ropas que ellas mismas cosían. Lógicamente las telas eran mas vastas.
Los bailes del Círculo Logroñés eran el no va más de la elegancia. La
entrada al mismo era todo un espectáculo, especialmente para las mujeres jóvenes de
las clases inferiores. Paquita observaba como algunas señoritas tenían más
gracia que otras agarrándose las faldas para no tropezar al bajar o subir a los
coches, y las escaleras.
El tráfico en su mayoría era de tracción animal, tanto para el transporte
de mercancías como para el de viajeros. En los veranos los jóvenes iban a
solazarse a los alrededores de la ciudad en calesas, carros colectivos (Los pintores impresionistas reflejan a la juventud de aquel tiempo: franceses en calesas, merenderos, playas fluviales. En Logroño ambientes parecidos) Los señoritos llevaban sus
propios coches, de dos viajeros, de cuatro o de más, primero de caballos.
Pronto irrumpieron los primeros coches de motor. Eran horriblemente
ruidosos y malolientes. Competían mal con los de caballos al principio. Tenían
frecuentes averías que solo sabían afrontar los escasos mecánicos
especializados de la ciudad. Los más viejos no les veían futuro.
Los entornos de los ríos Ebro e Iregua eran los lugares de solaz de los
logroñeses a principios de siglo XX. Los más acomodados tenían vacaciones en el
Cantábrico. San Sebastián y Santander eran las ciudades de moda. Ésta se
centraba entonces en París, y así las ciudades norteñas adquirieron cierto aire
parisino. Estaba así también de moda aprender algunas palabras y frases en
francés, intentando demostrar un internacionalismo que entonces no existía
apenas. Y se incorporaron y españolizaron palabras francesas.
La gente que iba al extranjero solía hacerlo para trabajar. Pedro fue a Bilbao, centro industrial de primer orden. Escribió contando mal de
aquel ambiente: humo y prostitutas. Muchos hombres enfermaban de tisis o de
sífilis. Luego fue a París y allí fundó una familia, con otra española
trabajadora.
Paquita y Marcos guardaron una caja llena de postales con paisajes de
París, ya un tanto anticuados (me gustaba verlos. En los 60 se aprendía francés en Bachillerato) Escenas y calles captadas a finales de siglo
XIX y principios XX, se vendían aún hacia los años 20 y 30 del siguiente siglo. Algunas coloreadas,
tenían gente paseando, vestidas a la moda de 1890 a 1900. Gente acomodada
por calles y paseos, niños vestidos de marineritos, con aros. Coches de
caballos mezclados con coches de motor: tranvías eléctricos, coches de reparto
tirados por un caballo, ciclistas.
Postales que se hicieron en el tiempo de la famosa Exposición que levantó
la Tour Eifell ,
emblema de la ciudad desde entonces. Hasta 18.. el símbolo de París había sido
Notre Dame, catedral gótica que quedó en segundo lugar como atracción
turística. Hubo quienes propusieron destruir la de Eiffel tras la exposición. Pedro contaba que era muy fea.
El ideal de todas las clases se marcaba en imitar a las más altas. Cuanto
más abajo en la pirámide, más quiméricas eran estas ilusiones. Paquita y Marcos
eran realistas, vivían dentro de su clase media baja con ligeras esperanzas de
mejora. Mientras disfrutaban a tope de su juventud.
Marcos tuvo que hacer el Servicio Militar en África. Con base en Melilla
participó en varias incursiones en el Protectorado de Marruecos. Era la época
de Ad-el-Crín. Los moros luchaban por su independencia. Así se vio metido en la Guerra de Marruecos de 1909 a 1912.
Entonces el servicio militar duraba 3 o más años, según se necesitara a
las tropas.
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