La familia de Paquita 1916-1936


A la vuelta de la Mili Marcos encontró empleo en la Imprenta Moderna, como oficial cajista: encargado de los caracteres, para componer las páginas a imprimir. Era un hombre apuesto y elegante. Paquita trabajaba de sastra. Éste era un trabajo penoso, pasaba la mayor parte del tiempo picando solapas, sentada en una silla baja.

Marcos y Francisca se casaron en 1916, tenían 24 años, unos meses mas él. Lo normal era que la mujer dejase de trabajar. No estaba bien visto que un hombre de familia no aportara lo suficiente para el hogar.
Las mujeres casadas que trabajaban eran o muy pobres o tenían un buen sueldo, como en el caso de las cigarreras. El de cajista de imprenta no estaba bien pagado pero suficiente para tres personas. En el entorno estaba comprobado que las mujeres trabajadoras no podían atender bien a sus hijos. Si no los dejaban al cuidado de personas responsables, estos podían enfermar gravemente (como paso con la tia Ines) y fallecer (como los hijos de la tia Petra) El trabajo de sastra no era atractivo para Francisca, los dos jóvenes decidieron que ella se dedicara solo al hogar.

Su primer hijo, Julio, nació en 1917. Era un niño hermoso y sano pero a los 9 meses enfermó de gripe (pandemia de 1918, que asoló España) y murió. Fue un mazazo para sus padres que solo se pudieron consolar porque Francisca volvía a estar encinta.
A finales de marzo de 1919 nació otro hermoso niño. Francisca aún estaba en la cama, reponiéndose del parto y se pusieron a pensar con que nombre bautizar al niño.
- Mira el calendario – dijo Francisca a Marcos.
El esposo miró el santo del día.
-         San Nestor (o no ponía acento en el calendario o no lo pronunció Marcos) ¡Qué nombre más raro! Es bonito.
Y ese nombre le pusieron. Siempre le llamaron sin acento. Muchos años después los padres se enteraron de que el nombre llevaba acento en la e (Néstor) Y dijo Francisca:
- Si lo hubiera sabido no le pongo ese nombre.
Siempre gustó en la familia el nombre de Nestor sin acento. Y así le llamamos todos.
Nestor era éste otro niño perfecto. Tuvieron suerte y el chaval creció sano, bueno y guapo. Siendo el orgullo de sus padres y la admiración de las chicas de su edad.

Francisca, a pesar de ser analfabeta, desde el principio quiso que su hijo tuviera una buena educación. Con gran sacrificio pagaron un colegio privado, los Jesuitas. Colegio religioso de buena fama.
No había suficientes escuelas públicas ni de calidad en aquel tiempo. Las órdenes religiosas suplían la deficiencia, no siempre con acierto.
Los padres que querían buena educación para sus hijos pagaban colegios privados. En muchos casos debía de solicitarse plaza con antelación. Tenían más facilidades aquellos que eran hijos o hermanos de excolegiales, y/o que tenían algún hermano allí estudiando. Nestor era el primer hijo, sus padres lo apuntaron en los Jesuitas un año antes (1925) de la edad escolar (1926)

La disciplina en las aulas de pago no era muy diferente a las de beneficencia. Seguía considerándose que “la letra con sangre entra”. Los castigos eran frecuentes, sobre todo para los chicos. Éstos tenían la obligación moral de aguantar más que las niñas. Nestor no era un quejita pero un día el chaval llegó del colegio con las orejas rojas. Francisca lo notó enseguida y averiguó que había un fraile que se excedía al imponer disciplina. Lo puso en conocimiento de Marcos y este fue con el hijo al colegio para hablar con el director. Y el religioso agresor fue amonestado. Luego no tenía nada de simpatía al niño.

En los Jesuitas había, como en todos los colegios de prestigio, dos partes: la de los pobres, que estudiaban gratis, y la de pago. La educación de los de pago era mucho mas esmerada. Algunos de los colegiales seguirían estudios hasta la Universidad. Los “padres” (los religiosos) se congratulaban de que varios de sus excolegiales llegaban a ser hombres importantes: dirigentes de la nación, altos funcionarios y ricos empresarios. Se les preparaba para el éxito.

Desde 1857 la Educación en España se regía por la llamada “Ley Moyano”, que hizo la educación obligatoria. Todos los niños debían escolarizarse de los 6 a los 9 años primero y luego hasta los 12, cuando podían empezar a trabajar. Cuando le tocó a Nestor había 3 grados, cada uno dividido en dos cursos escolares. En los Jesuitas cada materia tenía su libro (Matemáticas, Geometría, Geografía, Lengua y Literatura Españolas, Historia, Religión)
Son libros más estrechos en los primeros cursos y más gruesos en los últimos. Con la letra mas grande para los alumnos mas jóvenes y letra menor para los mayores. Lo más atractivo es que están llenos de ilustraciones, grabados de gran calidad, en blanco y negro. Los niños también llevaban uniforme.
La compra del material escolar, la matrícula y la mensualidad debían suponer un esfuerzo grande para una familia modesta como aquella. Y Francisca estaba embarazada.

Marcos cobraba los sábados. Francisca en los primeros años, pero luego con mas hijos llegaron los quebraderos de cabeza, tuvo que pedir prestado a su hermana Petra, que no tenía hijos.
Era época de sueldos bajos y patronos déspotas. Contaba Marcos que era peor el encargado que el dueño de la imprenta, al que apenas veían, algo que resultaba muy habitual.
El 14 de diciembre de 1924, al atardecer, nació el segundo hijo (que vivió) del matrimonio. Una niña que les colmó de felicidad. Le pusieron María del Consuelo, por su madrina, una prima del padre, la cual le regaló unos pendientitos de oro de arito. Y así aparece la preciosa niña a los pocos meses con su hermano Nestor en una foto de estudio. Ella sentada en una silla y él de pie, sujetándola. Muy digno el chaval, que parece mayor de lo que era.
Nestor y su hermanita (mamá)


La pequeña María era blanquita, morena clara; una bonita mezcla del padre y la madre. Contaba ella anecdóticamente, ya de mayor, que no pudo mamar mucho tiempo pues llegó pronto otro hermano, que nació a finales de marzo de 1926, casi cuando su padre cumplía 35 años. Entonces a Francisca le leían (alguna amiga, vecina, el propio Marcos, o Nestor) una novela por entregas en la que el protagonista se llamaba don Fernando, conde de Peñaflor. Y así llamaron al pequeño.
Fernandito nació muy moreno y al lado de su hermana decían que parecía un moro (se parecía más al padre). Poco después de mamar el niño se quedó dormido y dijo Francisca a una vecina que le ayudaba:
-         Toma pon el niño a los pies de la cama y dame a la niña.
-         ¡Pero mujer cómo lo voy a dejar ahí!
-         Si total no se va a enterar.
Pero aunque feito de niño Fernando fue guapo y muy querido, el preferido de su madre. Era un niño bueno y honrado, como le enseñaron sus padres y maestros. De mozo fue un moreno delgado y atractivo (para mi fue el hombre mas guapo y agradable que conocí) 

 A Nestor le tocó la moda de Carlos Gardel y los tangos, a Fernando la de Jorge Negrete y las rancheras, así vestían y peinaban, incluso cantaban, y lo hacían bien.
 Nestor se parecía más en el físico a su madre y Fernando a su padre. En el carácter sin embargo, Nestor era más cercano a su padre, al que admiraba e imitaba (“de mayor llevaré boina, como padre”, decía) y Fernando a la madre, ayudaba en casa y se compenetraba a la perfección con Paquita.

María y Fernandito siempre estuvieron muy unidos. Algunos les creían gemelos, otros dudaban quien era mayor, y cuando preguntaban Fernando decía que él. Su etapa escolar fue bastante feliz, a pesar de los tiempos que corrían.

Vivían entonces en una calle céntrica (Herrerías) de Logroño, cerca de la Plaza del Mercado, en un primer piso, encima del bar El Porvenir. Adelante daba un balcón con la sala de estar, donde hacía la vida la familia. A la sala daba una alcoba, con cristales en la parte superior de la puerta. 
Para que los niños se durmieran Nestor les hacía teatro de marionetas de sombras, e imitaba diferentes voces. Era muy divertido.
María y Fernando compartían juguetes, de chico y de chica. Algunos de chico eran heredados de Nestor, que “ya no se consideraba un niño”. El hermano mayor les enseñó a leer y a escribir y fueron ya iniciados a la Escuela.
Nestor dejó el colegio a los 12 años (como era habitual: 3 grados, 6 cursos) y entró de pinche en una tienda de ultramarinos, la de Luís Santos, al que Francisca llamaba “morrín” por el gesto que hacía a veces. Tenía que cargar pesados sacos. 
Poco después los padres lo sacaron de allí para que no se deslomara. Marcos le consiguió trabajo de ayudante en una tienda de tejidos. Allí el chaval lució como un señorito. Era muy agradable con las señoras. El jefe estaba muy contento con él y le pagaba bien. Pero llegaron los malos tiempos.

La moda: primeras décadas de siglo XX

Los primeros años del siglo XX fueron bastante convulsos en cuestiones laborales y sociales. En la primera y segunda décadas (1901-1910, 1911-1920) los trajes de las mujeres se simplificaron en anchura y las faldas de las mujeres se acortaron un poco. Los cambios en la moda se notaban sobre todo en las clases superiores. Venía bien a las inferiores no necesitar tantos metros de tela para vestirse.
Había una canción que decía: “Hay que ver mi abuelita la pobre, que modas usaba… con una de esas faldas se hacen lo menos dos”. Y “La falda corta permite ver hasta el tobillo de la mujer”. Algún hombre descarado se agachaba cuando alguna moza subía al autobús o tranvía recogiéndose la falda.

Pero la revolución en el vestir vino en la 3ª década de siglo (1921-1930): vestido, peinado y maneras sociales se simplificaron. Los vestidos se hicieron pequeños y cortos, las mujeres cortaron sus melenas y se hicieron más independientes. Desde mi punto de vista fue una moda poco favorecedora.
Las clases más pobres no cambiaban mucho. A las mujeres les siguió favoreciendo no necesitar para vestirse tantos metros de tela. Ahora con uno de los trajes de 1901 se podían hacer 3 o 4.

Los caballeros también estaban sujetos a las modas. Las seguían sobre todo los más jóvenes. Ya el típico blusón y gorra solo se utilizaba para el trabajo. Pronto Nestor lució como un dandi y parecía mayor de lo que era.
Marcos tenía dos trajes: uno para faena y otro para domingos. Solía hacerse uno al año. El dominguero del año anterior se dejaba para el trabajo y el que se desechaba se volvía y se aprovechaba para los chicos. Alguna chaqueta se acondicionó Francisca, la cual no iba tan bien vestida como su marido que tenía más vida social.
Marcos se reunía con sus amigos en el café Moderno (en la Calle Portales, frente a la Plaza del Mercado) un rato algunos días después del trabajo y los festivos. Allí charlaban, fumaban y jugaban a las cartas solo por entretenimiento. Comentaban lo que se leía en los periódicos, lo que se oía por la radio, los rumores que circulaban en la ciudad. Entonces solo había radios en los bares, cafés y las casas de ricos. En los cafés tenían acceso a periódicos.
Marcos, por su trabajo en la imprenta, siempre estaba bien informado, y tenía algún amigo que trabajaba en el único periódico de Logroño, “La Rioja”.
Fue La Rioja” sinónimo de periódico para la familia, de tal forma que al papel de periódico le llamábamos rioja: “Trae una rioja para envolver…” (Me costó mucho aquí llamarle “Adelanto” o “Gaceta”)

1931 la quema de conventos. Asesinato del pobre Felipe.

Logroño era una pequeña ciudad provinciana sin industria y, por tanto, poco conflictiva (debía tener unos 15.000 habitantes en la infancia de mamá) En las zonas industriales los obreros estaban dando mucha guerra (años 10 y 20) Protestaban los obreros y los soldados con destino a Marruecos. También había quejas por el aumento de precios de alimentos básicos. España se estaba polarizando entre ricos y pobres. Ya los más humildes no se resignaban en su nivel.
Las ciudades más grandes estaban recibiendo mucha inmigración de un campo empobrecido por las malas cosechas (como mis bisabuelos) y los precios bajos. Y el aumento de éstos repercutía en los consumidores, que también protestaban.
-         Es malo que el Anarquismo gane terreno – decía alguno de los tertulianos.
-         El Anticlericalismo tiene mucha contra – dijo otro.
-         Todos los extremos son malos – quizás indicó mi abuelo.
-         La Iglesia y los ricos han acumulado demasiado poder y dinero
-         Los peores son los políticos. Son ineptos, mentirosos y ladrones.
-         Pero de ahí a andar a bombazos a diestro y siniestro…
-         Va a haber guerra
-        ¡No fastidies! A mi no me parece para tanto. Algunas revueltas en las grandes ciudades, lo más.
Una noche se empezaron a oír voces por la calle. Alguien decía: “Arde Madre de Dios, Arde Madre de Dios”.
Se asomaron Marcos y Nestor al balcón y mirando hacia el fondo de la calle (hacia la derecha) vieron humo. Preguntaron a uno que venía en esa dirección:
-         ¿Qué pasa?
-         Hay un incendio en el convento de Madre de Dios. El fuego lo está arrasando.
-         ¡Y las monjas!
-         Creo que las han sacado a todas.
Ya de día no se hablaba de otra cosa. En la calle, en el trabajo y en el Mercado mi familia se enteró de lo que había sucedido.
-         Han sido los anarquistas.
-         ¡Mal nacidos! No respetan ni lo más sagrado. ¡que les habrán hecho las pobres monjas!
-         Las más ancianas no habían salido desde hacía cincuenta años. ¡Donde van a ir las pobres!
-         Podían haber atacado al obispado.
-         Calle, no diga barbaridades. Que han detenido a algunos.
-         ¡Los incendiarios!, ¡bien!
-         No crea. Van a pagar justos por pecadores.
Marcos vio un par de fotos en “La Rioja”, en primera plana: el convento envuelto en llamas, y la gente mirando.
Al volver de la compra Francisca se encontró a su vecina de arriba que bajaba llorando, con la hija. Y preguntó que pasaba:
-         Han detenido a Felipe. El pobre inocente fue a ver el fuego. Sacaron una foto y está en primera línea – quizás dijo la hermana.

Felipe era un muchacho algo mayor que Nestor, hijo menor de una viuda pobre. Era muy ingenuo, poco inteligente (“algo tontito” decían de él) pero muy buen chico; honrado trabajador, buen hijo y hermano. Su madre no trabajaba y la hermana cosía algo en casa. Los ingresos que salvaban a la familia eran los de Felipe.
A los dos días mis abuelos se enteraron de la tragedia: sin juicio previo habían ajusticiado a algunos hombres como incendiarios, entre ellos al pobre Felipe. Dejó hundidas en la pena y la miseria a su madre y hermana, y conmocionados a sus vecinos.

En la boda del primo Luciano. abajo, el abuelo Marcos, a su derecha mamá niña, a su izquierda Nestor, adolescente. Arriba el niño es Fernando y detrás su madre, Paquita.

El gobierno republicano “no se andaba con chiquitas”. Se quitaban el problema de un plumazo. Eran las leyes y costumbres de entonces..

Francisca con sus hijos María y Fernando (primeros años escolares)


Llegó la época escolar para los pequeños, María y Fernando. La familia no se podía permitir llevarlos a colegio privado. Nestor cobraba muy poco en el comercio donde trabajaba y Francisca le dejaba la mayor parte para “sus cosas”. Cuando la niña iba a cumplir 6 años Francisca fue a reservar plaza para el próximo curso en las Escuelas de Doña Juana Madroñero, que tenían buena fama y había mucha demanda. Eran escuelas públicas, no había que pagar mensualidad.


La II República (1931-1936) 1932: la boda del primo Luciano con Paca.

María y Fernando comenzaron la escuela en el curso 1931-1932, ya con la II República. Su aprendizaje sería muy distinto al de su hermano mayor: laico y por enciclopedias. Ella tenía 7 años, para cumplir 8, y él 6 para 7. Ya sabían leer y escribir, porque les había enseñado Nestor. María además era primorosa en labores y tenía buena caligrafía.
Con la misma Ley Moyano (de 1857) La República hizo reformas en los contenidos de los grados escolares, lo que se nota sobre todo en las enciclopedias y lecturas de aquella época.
No se daba religión en las escuelas públicas, solo en colegios de curas y monjas. Eran más importantes cuestiones políticas y de urbanidad. Los libros de los niños de entonces son poco atractivos: pequeños de tamaño, con hojas finas, letra pequeña, muy abigarrada para las tiernas edades (para ahorro de papel y tinta). Parecen biblias, aunque contienen casi lo contrario) 

Esta fealdad debían paliar los maestros con su inventiva. Los dos niños estaban muy satisfechos, les gustaba ir a clase, tenían maestros queridos. 
A María le caían bien todas sus maestras. Las había solteronas tristes, pero amables con los niños, sin culparles por sus infortunios. Otras eran solteras alegres, llenas de esperanza en el futuro. Alguna casada, siempre con prisa y algo despistada. Unas eran ya mayores, con gran experiencia, otras casi recién salidas de la Escuela de Magisterio. Y en la zona de los chicos igual: solterones melancólicos, jóvenes alegres, casados padrazos. Dirigidos por Doña Juana Madroñero, una maestra mayor. Había buena sintonía en estas escuelas y no lo amargaría del todo la guerra civil.

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