A la vuelta de la Mili Marcos encontró empleo en la
Imprenta Moderna ,
como oficial cajista: encargado de los caracteres, para componer las páginas a
imprimir. Era un hombre apuesto y elegante. Paquita trabajaba de sastra. Éste
era un trabajo penoso, pasaba la mayor parte del tiempo picando solapas,
sentada en una silla baja.
Marcos y Francisca se casaron en 1916, tenían 24 años, unos meses mas él.
Lo normal era que la mujer dejase de trabajar. No estaba bien visto que un
hombre de familia no aportara lo suficiente para el hogar.
Las mujeres casadas que trabajaban eran o muy pobres o tenían un buen
sueldo, como en el caso de las cigarreras. El de cajista de imprenta no estaba
bien pagado pero suficiente para tres personas. En el entorno estaba comprobado que las mujeres trabajadoras no podían atender bien a sus hijos. Si no
los dejaban al cuidado de personas responsables, estos podían enfermar
gravemente (como paso con la tia Ines) y fallecer (como los hijos de la tia Petra) El trabajo de sastra no era atractivo para Francisca,
los dos jóvenes decidieron que ella se dedicara solo al hogar.
Su primer hijo, Julio, nació en 1917. Era
un niño hermoso y sano pero a los 9 meses enfermó de gripe (pandemia de 1918, que asoló
España) y murió. Fue un mazazo para sus padres que solo se pudieron consolar
porque Francisca volvía a estar encinta.
A finales de marzo de 1919 nació otro hermoso niño. Francisca aún estaba
en la cama, reponiéndose del parto y se pusieron a pensar con que nombre
bautizar al niño.
- Mira el calendario – dijo Francisca a Marcos.
El esposo miró el santo del día.
-
San Nestor (o no ponía
acento en el calendario o no lo pronunció Marcos) ¡Qué nombre más raro! Es
bonito.
Y ese nombre le pusieron. Siempre le llamaron sin acento. Muchos años
después los padres se enteraron de que el nombre llevaba acento en la e
(Néstor) Y dijo Francisca:
- Si lo hubiera sabido no le pongo ese nombre.
Siempre gustó en la familia el nombre de Nestor sin acento. Y así le
llamamos todos.
Nestor era éste otro niño perfecto. Tuvieron suerte y el chaval creció
sano, bueno y guapo. Siendo el orgullo de sus padres y la admiración de las chicas de
su edad.
Francisca, a pesar de ser analfabeta, desde el principio quiso que su
hijo tuviera una buena educación. Con gran sacrificio pagaron un colegio
privado, los Jesuitas. Colegio religioso de buena fama.
No había suficientes escuelas públicas ni de calidad en aquel tiempo. Las
órdenes religiosas suplían la deficiencia, no siempre con acierto.
Los padres que querían buena educación para sus hijos pagaban colegios
privados. En muchos casos debía de solicitarse plaza con antelación. Tenían más
facilidades aquellos que eran hijos o hermanos de excolegiales, y/o que tenían
algún hermano allí estudiando. Nestor era el primer hijo, sus padres lo
apuntaron en los Jesuitas un año antes (1925) de la edad escolar (1926)
La disciplina en las aulas de pago no era muy diferente a las de
beneficencia. Seguía considerándose que “la letra con sangre entra”. Los
castigos eran frecuentes, sobre todo para los chicos. Éstos tenían la
obligación moral de aguantar más que las niñas. Nestor no era un quejita pero
un día el chaval llegó del colegio con las orejas rojas. Francisca lo notó
enseguida y averiguó que había un fraile que se excedía al imponer disciplina.
Lo puso en conocimiento de Marcos y este fue con el hijo al colegio para hablar
con el director. Y el religioso agresor fue amonestado. Luego no tenía nada de
simpatía al niño.
En los Jesuitas había, como en todos los colegios de prestigio, dos
partes: la de los pobres, que estudiaban gratis, y la de pago. La educación de
los de pago era mucho mas esmerada. Algunos de los colegiales seguirían
estudios hasta la Universidad. Los
“padres” (los religiosos) se congratulaban de que varios de sus excolegiales
llegaban a ser hombres importantes: dirigentes de la nación, altos funcionarios
y ricos empresarios. Se les preparaba para el éxito.
Desde 1857 la
Educación en España se regía por la llamada “Ley Moyano”, que
hizo la educación obligatoria. Todos los niños debían escolarizarse de los 6 a los 9 años primero y luego
hasta los 12, cuando podían empezar a trabajar. Cuando le tocó a Nestor había 3
grados, cada uno dividido en dos cursos escolares. En los Jesuitas cada materia
tenía su libro (Matemáticas, Geometría, Geografía, Lengua y Literatura
Españolas, Historia, Religión)
Son libros más estrechos en los primeros cursos y más gruesos en los
últimos. Con la letra mas grande para los alumnos mas jóvenes y letra menor
para los mayores. Lo más atractivo es que están llenos de ilustraciones,
grabados de gran calidad, en blanco y negro. Los niños también llevaban
uniforme.
La compra del material escolar, la matrícula y la mensualidad debían
suponer un esfuerzo grande para una familia modesta como aquella. Y Francisca
estaba embarazada.
Marcos cobraba los sábados. Francisca en los primeros años, pero luego con mas hijos llegaron los quebraderos de cabeza, tuvo que pedir prestado a su hermana Petra, que no tenía hijos.
Era época de sueldos bajos y patronos déspotas. Contaba Marcos que era
peor el encargado que el dueño de la imprenta, al que apenas veían, algo que
resultaba muy habitual.
El 14 de diciembre de 1924, al atardecer, nació el segundo hijo (que vivió) del
matrimonio. Una niña que les colmó de felicidad. Le pusieron María del Consuelo, por su madrina, una prima del
padre, la cual le regaló unos pendientitos de oro de arito. Y así aparece la
preciosa niña a los pocos meses con su hermano Nestor en una foto de estudio.
Ella sentada en una silla y él de pie, sujetándola. Muy digno el chaval, que
parece mayor de lo que era.
La pequeña María era blanquita, morena clara; una bonita mezcla del padre
y la madre. Contaba ella anecdóticamente, ya de mayor, que no pudo mamar mucho
tiempo pues llegó pronto otro hermano, que nació a finales de marzo de 1926, casi
cuando su padre cumplía 35 años. Entonces a Francisca le leían (alguna amiga,
vecina, el propio Marcos, o Nestor) una novela por entregas en la que el
protagonista se llamaba don Fernando, conde de
Peñaflor. Y así llamaron al pequeño.
Fernandito nació muy moreno y al lado de su hermana decían que parecía un
moro (se parecía más al padre). Poco después de mamar el niño se quedó dormido y dijo Francisca a una
vecina que le ayudaba:
-
Toma pon el niño a los pies de la cama y dame a la
niña.
-
¡Pero mujer cómo lo voy a dejar ahí!
-
Si total no se va a enterar.
Pero aunque feito de niño Fernando fue guapo y muy querido, el preferido de su
madre. Era un niño bueno y honrado, como le enseñaron sus padres y maestros. De mozo fue un moreno delgado y
atractivo (para mi fue el hombre mas guapo y agradable que conocí)
A Nestor le tocó la moda de Carlos Gardel y los tangos, a Fernando
la de Jorge Negrete y las rancheras, así vestían y peinaban, incluso cantaban,
y lo hacían bien.
Nestor se parecía más en el físico
a su madre y Fernando a su padre. En el carácter sin embargo, Nestor era más
cercano a su padre, al que admiraba e imitaba (“de mayor llevaré boina, como
padre”, decía) y Fernando a la madre, ayudaba en casa y se compenetraba a la
perfección con Paquita.
María y Fernandito siempre estuvieron muy unidos. Algunos les creían
gemelos, otros dudaban quien era mayor, y cuando preguntaban Fernando decía que
él. Su etapa escolar fue bastante feliz, a pesar de los tiempos que corrían.
Vivían entonces en una calle céntrica (Herrerías) de Logroño, cerca de la Plaza del Mercado, en un
primer piso, encima del bar El Porvenir. Adelante daba un balcón con la sala de
estar, donde hacía la vida la familia. A la sala daba una alcoba, con cristales
en la parte superior de la puerta.
Para que los niños se durmieran Nestor les
hacía teatro de marionetas de sombras, e imitaba diferentes voces. Era muy
divertido.
María y Fernando compartían juguetes, de chico y de chica. Algunos de chico
eran heredados de Nestor, que “ya no se consideraba un niño”. El hermano mayor
les enseñó a leer y a escribir y fueron ya iniciados a la Escuela.
Nestor dejó el colegio a los 12 años (como era habitual: 3 grados, 6
cursos) y entró de pinche en una tienda de ultramarinos, la de Luís Santos, al
que Francisca llamaba “morrín” por el gesto que hacía a veces. Tenía que cargar
pesados sacos.
Poco después los padres lo sacaron de allí para que no se
deslomara. Marcos le consiguió trabajo de ayudante en una tienda de tejidos.
Allí el chaval lució como un señorito. Era muy agradable con las señoras. El
jefe estaba muy contento con él y le pagaba bien. Pero llegaron los malos tiempos.
La moda: primeras décadas de siglo XX
Los primeros años del siglo XX fueron bastante convulsos en cuestiones
laborales y sociales. En la primera y segunda décadas (1901-1910, 1911-1920) los trajes de las mujeres se
simplificaron en anchura y las faldas de las mujeres se acortaron un poco. Los
cambios en la moda se notaban sobre todo en las clases superiores. Venía bien a
las inferiores no necesitar tantos metros de tela para vestirse.
Había una canción que decía: “Hay
que ver mi abuelita la pobre, que modas usaba… con una de esas faldas se hacen
lo menos dos”. Y “La falda corta
permite ver hasta el tobillo de la mujer”. Algún hombre descarado se
agachaba cuando alguna moza subía al autobús o tranvía recogiéndose la falda.
Pero la revolución en el vestir vino en la 3ª década de siglo (1921-1930): vestido, peinado y
maneras sociales se simplificaron. Los vestidos se hicieron pequeños y cortos,
las mujeres cortaron sus melenas y se hicieron más independientes. Desde mi
punto de vista fue una moda poco favorecedora.
Las clases más pobres no cambiaban mucho. A las mujeres les siguió favoreciendo no
necesitar para vestirse tantos metros de tela. Ahora con uno de los trajes de
1901 se podían hacer 3 o 4.
Los caballeros también estaban sujetos a las modas. Las seguían sobre
todo los más jóvenes. Ya el típico blusón y gorra solo se utilizaba para el
trabajo. Pronto Nestor lució como un dandi y parecía mayor de lo que era.
Marcos tenía dos trajes: uno para faena y otro para domingos. Solía
hacerse uno al año. El dominguero del año anterior se dejaba para el trabajo y
el que se desechaba se volvía y se aprovechaba para los chicos. Alguna chaqueta
se acondicionó Francisca, la cual no iba tan bien vestida como su marido que
tenía más vida social.
Marcos se reunía con sus amigos en el café Moderno (en la Calle Portales , frente a la Plaza del Mercado) un rato
algunos días después del trabajo y los festivos. Allí charlaban, fumaban y
jugaban a las cartas solo por entretenimiento. Comentaban lo que se leía en los
periódicos, lo que se oía por la radio, los rumores que circulaban en la
ciudad. Entonces solo había radios en los bares, cafés y las casas de ricos. En los
cafés tenían acceso a periódicos.
Marcos, por su trabajo en la imprenta, siempre estaba bien informado, y
tenía algún amigo que trabajaba en el único periódico de Logroño, “La Rioja ”.
Fue “La Rioja ”
sinónimo de periódico para la familia, de tal forma que al papel de periódico
le llamábamos rioja: “Trae una rioja
para envolver…” (Me costó mucho aquí llamarle “Adelanto” o “Gaceta”)
1931 la quema de conventos. Asesinato del pobre Felipe.
Logroño era una pequeña ciudad provinciana sin industria y, por tanto, poco
conflictiva (debía tener unos 15.000 habitantes en la infancia de mamá) En las
zonas industriales los obreros estaban dando mucha guerra (años 10 y 20)
Protestaban los obreros y los soldados con destino a Marruecos. También
había quejas por el aumento de precios de alimentos básicos. España se estaba
polarizando entre ricos y pobres. Ya los más humildes no se resignaban en su
nivel.
Las ciudades más grandes estaban recibiendo mucha inmigración de un campo
empobrecido por las malas cosechas (como mis bisabuelos) y los precios bajos. Y
el aumento de éstos repercutía en los consumidores, que también protestaban.
-
Es malo que el Anarquismo gane terreno – decía alguno
de los tertulianos.
-
El Anticlericalismo tiene mucha contra – dijo otro.
-
Todos los extremos son malos – quizás indicó mi abuelo.
-
La
Iglesia y los ricos han acumulado demasiado poder y dinero
-
Los peores son los políticos. Son ineptos, mentirosos y
ladrones.
-
Pero de ahí a andar a bombazos a diestro y siniestro…
-
Va a haber guerra
- ¡No fastidies! A mi no me parece para tanto. Algunas
revueltas en las grandes ciudades, lo más.
Una noche se empezaron a oír voces por la calle. Alguien decía: “Arde
Madre de Dios, Arde Madre de Dios”.
Se asomaron Marcos y Nestor al balcón y mirando hacia el fondo de la
calle (hacia la derecha) vieron humo. Preguntaron a uno que venía en esa
dirección:
-
¿Qué pasa?
-
Hay un incendio en el convento de Madre de Dios. El
fuego lo está arrasando.
-
¡Y las monjas!
-
Creo que las han sacado a todas.
Ya de día no se hablaba de otra cosa. En la calle, en el trabajo y en el
Mercado mi familia se enteró de lo que había sucedido.
-
Han sido los anarquistas.
-
¡Mal nacidos! No respetan ni lo más sagrado. ¡que les
habrán hecho las pobres monjas!
-
Las más ancianas no habían salido desde hacía cincuenta
años. ¡Donde van a ir las pobres!
-
Podían haber atacado al obispado.
-
Calle, no diga barbaridades. Que han detenido a
algunos.
-
¡Los incendiarios!, ¡bien!
-
No crea. Van a pagar justos por pecadores.
Marcos vio un
par de fotos en “La Rioja ”,
en primera plana: el convento envuelto en llamas, y la gente mirando.
Al volver de la
compra Francisca se encontró a su vecina de arriba que bajaba llorando, con la
hija. Y preguntó que pasaba:
-
Han detenido a Felipe. El pobre inocente fue a ver el
fuego. Sacaron una foto y está en primera línea – quizás dijo la hermana.
Felipe era un muchacho algo mayor que Nestor, hijo menor de una viuda
pobre. Era muy ingenuo, poco inteligente (“algo tontito” decían de él) pero muy
buen chico; honrado trabajador, buen hijo y hermano. Su madre no trabajaba y
la hermana cosía algo en casa. Los ingresos que salvaban a la familia eran los
de Felipe.
A los dos días mis abuelos se enteraron de la tragedia: sin juicio previo
habían ajusticiado a algunos hombres como incendiarios, entre ellos al pobre
Felipe. Dejó hundidas en la pena y la miseria a su madre y hermana, y
conmocionados a sus vecinos.
En la boda del primo Luciano. abajo, el abuelo Marcos, a su derecha mamá niña, a su izquierda Nestor, adolescente. Arriba el niño es Fernando y detrás su madre, Paquita.
El gobierno republicano “no se andaba con chiquitas”. Se quitaban el
problema de un plumazo. Eran las leyes y costumbres de entonces..
Llegó la época escolar para los
pequeños, María y Fernando. La
familia no se podía permitir llevarlos a colegio privado. Nestor cobraba muy
poco en el comercio donde trabajaba y Francisca le dejaba la mayor parte para
“sus cosas”. Cuando la niña iba a cumplir 6 años Francisca fue a reservar plaza
para el próximo curso en las Escuelas de
Doña Juana Madroñero, que tenían buena fama y había mucha demanda. Eran
escuelas públicas, no había que pagar mensualidad.
María y Fernando comenzaron la escuela en el curso 1931-1932, ya con la II República. Su
aprendizaje sería muy distinto al de su hermano mayor: laico y por enciclopedias.
Ella tenía 7 años, para cumplir 8, y él 6 para 7. Ya sabían leer y escribir,
porque les había enseñado Nestor. María además era primorosa en labores y tenía
buena caligrafía.
Con la misma Ley Moyano (de 1857) La República hizo reformas en los contenidos de los
grados escolares, lo que se nota sobre todo en las enciclopedias y lecturas de
aquella época.
No se daba religión en las escuelas públicas, solo en colegios de curas y
monjas. Eran más importantes cuestiones políticas y de urbanidad. Los libros de
los niños de entonces son poco atractivos: pequeños de tamaño, con hojas finas,
letra pequeña, muy abigarrada para las tiernas edades (para ahorro de papel y
tinta). Parecen biblias, aunque contienen casi lo contrario)
Esta fealdad debían paliar los maestros con su inventiva. Los dos niños
estaban muy satisfechos, les gustaba ir a clase, tenían maestros queridos.
A
María le caían bien todas sus maestras. Las había solteronas tristes, pero
amables con los niños, sin culparles por sus infortunios. Otras eran solteras
alegres, llenas de esperanza en el futuro. Alguna casada, siempre con prisa y
algo despistada. Unas eran ya mayores, con gran experiencia, otras casi recién
salidas de la Escuela
de Magisterio. Y en la zona de los chicos igual: solterones melancólicos,
jóvenes alegres, casados padrazos. Dirigidos por Doña Juana Madroñero, una
maestra mayor. Había buena sintonía en estas escuelas y no lo amargaría del
todo la guerra civil.



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