El primo Jesús



El primo Jesús




Cada vez que preparo higaditos de pollo para paella o filetes de hígado de ternera para empanar me acuerdo de la muerte del primo Jesús, tal y como la contó el primo Luciano.

Jesús era hijo del tío Juanito; hermano de la abuela Francisca, a quien llevaba 11 años; y de la tía Nicolasa. Nació hacia 1906. Sus padres trabajaban en la Fábrica de tabacos, de Logroño.
Los hijos de las mujeres trabajadoras debían criarse al cuidado de otras mujeres. No siempre eran bien atendidos, muchos no superaban el primer año. A la tía Petra, que también era cigarrera, se le murieron varios hijos; por esta causa y porque no tenían buenos genes, por parte de padre. Pero esa es obra historia.
Paquita tenía 14 años y trabajaba para una sastrería. Se quejaba con frecuencia de la ingratitud de sus tareas: encorvada, en una silla baja, picando solapas todo el tiempo. Su hermano no le había encontrado acomodo (o no puso mucho empeño en ayudarla) en la fábrica donde él trabajaba.
La Tabacalera era la industria más demandada de empleo de la ciudad. Pagaban bien, tenían buenas condiciones laborales (para la época) y quedaba pensión de jubilación, a hombres y mujeres. La tarea no era ingrata: preparar las hojas de tabaco y liar cigarrillos y puros. La mayor parte del tiempo estaban sentados y a cubierto.
Oí muchas veces hablar a mis mayores sobre el tío Juanito. Contaban que hizo la mili en la Guerra de Cuba y volvió sin un rasguño, mientras los de su alrededor caían como moscas. El contaba que eran imprudentes y que se dejaban engañar por los nativos, sobre todo por las hembras. A él no le gustaban las negras. Luego entró a trabajar en Tabacalera, gracias a la tía Petra, su hermana (4 años mayor que él) que era cigarrera. Con sus buenas referencias de soldado fue inmediatamente admitido.
Juanito conoció a Nicolasa en el trabajo. El siempre práctico, y pronto vio los beneficios de juntar dos buenos sueldos. Casaron jóvenes. No se si Jesús fue su primer hijo, el caso es que pensaron en una niñera de confianza y le propusieron la tarea a Paquita. Le pagarían y bien.
Así que Paquita crió a Jesús como a un hijo, para él siempre fue algo más que una tía. Recordaba que mi abuela era mucho más cariñosa que su propia madre. La llegó a querer tanto que en siendo escolar lo retiraron de sus cuidados y buen berrinche contaba que se llevó. Y la iba a ver muchas veces, llamándola “Tata”. Y así la llamábamos sus nietos, porque a ella nunca le gustó lo de abuela aunque tuviera 60 años. Pero esos, es otra historia.

Jesús casó con Serafina. Cuando yo le conocí era mediano empresario. Tenía un taller de reparación de vehículos a motor, con unos pocos empleados. Los padres estaban jubilados y los dos tenían sendas pensiones. Se les tenía por ricos. Vivían Juanito y Nicolasa en un piso enorme, esquina Gran Vía y Vara de Rey, con varios balcones a la calle. La cocina daba a una gran galería, lateral a Gran Vía, pues la casa de al lado no estaba pegada. Estuve varias veces con “La Tata”. No se porque ibamos a verlos.
Serafina fue la madrina de bodas de mamá y papá, porque el padrino fue el abuelo Marcos y papá no aportaba familia, pues no se llevaba bien con su madre (Constantina) y hermana (Purificación, entraba en "el lote"!pobre mujer!) a las que ni dijo que se iba a casar, por si la madre le montaba un escándalo. Pero eso es otra historia.
Al volver del viaje de novios papá se enteró de que Serafina era protestante. Se había cambiado de religión hacía años. A Juanito y a Jesús les daba igual, porque eran ateos. Les parecía una excentricidad sin importancia.
-         Mejor que se entretenga con esas tonterías que con otras cosas – decían.
Papá se llevó un gran susto y fue a hablar inmediatamente con el sacerdote que les había casado (parroquia de Santiago) temiendo que la boda no fuera válida.
-             Llegó a temer, el bobo de tu padre – contaba mamá – que habíamos cometido un gran pecado, que nos tendríamos que confesar y casar de nuevo. El cura le dijo que si era válido.

Jesús y Serafina tenían una hija, Ester, un poco más joven que mamá. Asistimos a su boda. Se casaba con un hombre de aspecto anodino, de trato agradable. Parecía buen hombre y debía serlo pues era pastor protestante.
La boda se celebró en una capilla de ese credo, en 1960 o 1961. Se situaba entonces a las afueras de Logroño, a la derecha de la Carretera de Zaragoza, cerca de “las casas baratas”, pasado lo que luego sería el Polígono de Lobete.
Fue una boda sencilla. La ceremonia larga y con muchos cantos de gente que no conocíamos (protestantes, seguro) por parte del novio y amigos de Serafina y Ester supusimos. El tío Juanito y Jesús salieron aburridos, como nosotros. O quizas no entraron a la iglesia.
El convite se hizo en un emparrado junto a la capilla, al aire libre: comida, no muy abundante, segu  oi (yo era muy pequeña) y baile. Mamá se había hecho, para el evento, un vestido de tela sedosa, de color azul obscuro con dibujitos rosa fuerte. Muy bonito y que le hacía muy bien. Pero le sacaron una foto nada favorecedora.
En la foto mis padres están bailando. Se ve la cara alegre de papá y mamá de tres cuartos. Papá era mal bailarin y la agarró tan mal que levantó un poco la espalda del vestido y parece que tiene joroba. Mamá quiso romper la foto, pero yo la convencí de que no.
- Ya se nota que no tienes joroba, que es papa el que te agarra mal.
Toda nuestra familia se quejó de lo frugal de la comida. Y criticaron la tacañería de la familia de la novia.
Juanito le pasó a su hijo el ser “agarrao” al dinero. Oí hablar a mis mayores que Jesús había salido más aprovechado aún que el padre. El lema de la familia era que los necesitados fuesen a la Beneficencia, y si no, “haber ahorrado como nosotros”. Y “si no se puede”, “pues haberte casado con un rico/a”.

Ester y su marido marcharon a vivir a Ginebra, donde él tuvo destino en una iglesia. ¡Que mal nos parecía a toda la familia eso de haberse casado con un “cura”! parecía sacrílego.
Vinieron a nuestra casa una vez, ya tenían dos hijos, chico y chica, de unos 10 a 12 años. Todos ellos muy educados y cultos. El marido era más hablador y muy agradable.
Jesús y la Sera iban con frecuencia a Ginebra y estaban bastante tiempo, sobre todo cuando Jesus se jubiló. Traspasó su negocio por un pastón. El primo presumía una barbaridad de conocer nuevas tierras. Nos lo pintaba como el cúlmen de la modernidad: las modas en vestimenta de la gente, las costumbres, los servicios. Hasta que nos dijo que había leído (en francés supongo) “río contaminado”. La gastronomía de allí tampoco era muy buena.
Se llevaban muchas viandas. Mis padres les daban algunas botellas de vino, pues nos daban muchas en Cenicero, y también se llevaban los dulces de Navidad. Nos pedían que se los compráramos en el economato de la Guardia Civil, en el cuartel de Logroño. Alguna vez no nos pagaron lo gastado.
Mis padres compraban mucho para toda la familia y más de una vez les oí comentar.
-         No me han pagado lo que costó.
-         Deben de creer que nos lo regalan.
Cuantos más favores hacían mis padres a la familia más veces se encontraban con aprovechados, caraduras y menosprecios. Y siempre decían: “Tantos favores haces, tantos enemigos tienes”. Por ello yo he  procurado siempre no favorecer a nadie, lo que no siempre es fácil. Pero eso es otra historia.
Pues bien, los primos Jesús y Sera iban bien cargaditos de viandas y volvían contando sus experiencias y presumiendo de cosmopolitas, pero nunca trajeron nada, para nadie de la familia. Siempre venían con la boca abierta y las manos vacías. Las últimas veces ya papás no les hicieron el favor, pues, con alguna excusa, no les pagaban lo comprado.

Hacia 1970 o 1971, nos enteramos que Jesús estaba en el hospital público de Logroño y que su pronóstico era muy malo. Juanito decía que se debía de haber contagiado de alguna enfermedad por “esa manía suya de donar sangre. Ya se lo advertí”.
Jesús era donante de sangre. Contaba que después de la extracción le daban un bocadillo. Entonces las jeringuillas no eran desechables, se esterilizaban. Y si esto no se hacía bien podían contaminar enfermedades de unos a otros. Ello se produjo tantas veces que, poco después, ya fue obligatorio las agujas desechables para todas las operaciones en hospitales.

 Fue a verlo Paquita (el abuelo Marcos ya había muerto) y Fernando, contaron que tenía una enfermedad del hígado (hepatitis) “Estaba amarillo y deformado”, pero aún animoso. Acababa de volver de Ginebra, donde le diagnosticaron la enfermedad. La hija quería que se hiciera tratar allí, pero él quería aprovechar la gratuidad de la Sanidad española.

En el hospital se turnaban Luciano y Fernando con Serafina, que paraba poco, con la excusa de atender a su suegro Juanito, ya muy anciano.
“Pero Juanito está bien y se vale totalmente por si mismo”, oía decir. “La Sera tiene fobia a los hospitales y a las enfermedades”.

Luciano vino a nuestra casa y nos contó que Jesús había muerto en sus brazos la noche anterior. Era buen relator y lo hizo con gran dramatismo.
Se sentó en el tresillo de nuestra sala de estar, entre mamá, a su izquierda, y papá a su derecha. De espaldas a la ventana, estaba anocheciendo. Yo me senté en uno de los sofás, cerca de mamá. Y él contó un relato que me sobrecogió, a pesar de que Jesús no era “santo de mi devoción”.
La enfermedad había sido fulminante. Empeoró rápidamente. Los médicos ya ni le daban medicinas. No podía comer. Luciano le estuvo dando agua toda la tarde. Jesús tan pronto estaba consciente como desvariaba.
Contó Luciano: “De pronto empezó a vomitar sangre. Llamé. Vino un médico y dijo que ya no se podía hacer nada. Serafina se fue aún viéndolo así.
Enseguida unos enfermeros sacaron al compañero de habitación, que estaba recién operado, aunque él decía que quería quedarse, para acompañarle. Jesús preguntó: “¿Dónde se llevan a ese?” Y yo le dije que le iban a hacer unas pruebas. ¡Tan tarde! Volvió a toser… Sacaba sangre a cuajarones… “¿Qué es esto?” “Algo que te ha sentado mal”. “Hoy no he comido, ni ayer”. “Pues es algo que debes de sacar, para encontrarte mejor”…. Le estuvo saliendo el hígado por la boca toda la noche, y yo limpiándole con trapos y toallas, así toda la noche. Se quedó sin fuerzas. Le tenía que sostener para que expulsara aquello y cada vez más era un peso muerto. No tenía ya fuerzas, le tenía que volcar para que no se ahogara… ¡Tengo los brazos entumecidos!... Y murió al clarear”.
Nunca escuché un relato más espeluznante.
Fuimos toda la familia al funeral (excepto Ester y su marido) Juanito no fue al cementerio ni muchos de nosotros, ya sabíamos donde iba a estar, en el panteón familiar, junto a su madre Nicolasa.
Después de contratar servicio para su anciano suegro, Serafina volvió a Ginebra. Oí que se quedó a vivir allí, y ya no oí hablar más de esa familia, solo que el tío Juanito había muerto, a los 97 años, por un resfriado que cogió al salir poco abrigado. Ya vivíamos en Salamanca.




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