El 30 de junio de 2004 era día de labor. A las 5 de la tarde hacía un “Sol de justicia” pero yo tenía que salir. Por la mañana había olvidado echar la primitiva.
Aproveché para tirar basura reciclable, por ello fui por la calle Padre Ellacuría hasta el semáforo de la farmacia. Crucé a la acera norte, recorrí un breve trecho por la sombra, un aire tórrido aceleraba mi paso, y entré en la administración de lotería.
Casas de la Carretera a Madrid, acera Sur. Fotografía desde la Norte (foto de hacia 2020)
Estaba a la ventanilla de la lotería, ya terminando de echar mi suerte, cuando un
hombre que salía del establecimiento exclamó. “Ahí va, ¡lo que ha pasado!”, o
algo así. El lotero y yo miramos hacia fuera y salimos.
Un coche obscuro, con las
puertas abiertas, sin conductor; con impacto en el cristal delantero, parte izquierda; se deslizaba calle abajo, hacia donde
estábamos, chocando con la parte de abajo. La acera de la lotería está en alto.
En medio de la carretera una
mujer alta, de mediana edad, bien parecida, con un vestido largo osbcuro, sin
mangas, aparecía desolada, como personaje de tragedia griega.
La gente miraba más allá, al centro de la carretera. De momento no vi
nada raro. “Tengo que ponerme más dioptrías”, pensé
Bajé los dos escalones de la administración desandando el camino, para cruzar por el semáforo de antes. Iba a
aprovechar la salida para coger algo en el Supermercado.
Algunos viandantes se habían parado en las
aceras de ambos lados. Me fijé en el foco de atención.
En aquel tiempo, en el centro del pueblo la carretera se dividía en 4 carriles. El accidente se produjo en medio. El coche iba hacia Salamanca.
En la mediana,
entre el carril de servicio de ida, a la altura de la farmacia, a pocos metros
de la parada de autobús, y no lejos del semáforo, un pequeño grupo de gente
atendía alguien caído en el suelo.
Era una mujer la accidentada. De su cabeza salía un río escarlata, pastoso
como río de lava, deslizándose carretera abajo. Una mujer con bata blanca llegó
con un gotero, supongo que desde el centro de salud cercano.
La accidentada yacía en posición recatada. Llevaba un vestido blanco,
corto, con borde azul marino. Zapatos a juego con el vestido, delicados zapatos
de mujer, de verano: uno cerca de su pie, el otro alejado desprendido en el
acto fatal, más arriba, perdido en el lugar del impacto.
El cuerpo había sido desplazado varios metros. ¡Que golpe mas tremendo. El coche sin duda iba a mayor velocidad de
la permitida. Le parecería que la carretera era suya: sin tráfico, sin
apenas gente. Con el Sol de cara. Y algo más que se juntó: la prisa de las dos mujeres.
El camino de vuelta me pareció más largo que de costumbre, parecía
suceder todo a cámara lenta. Momentos
tensos de espera, a la
ambulancia y a la policía. Un hombre paró un camión, para desviar el tráfico.
Pronto apareció un policía municipal y puso orden: cortó el carril de
ida del accidente. Por el de vuelta llegaba un autobús, se deshizo un pequeño
atasco.
La gente se fue agolpando en las
aceras. Como la manada de ñus esperando a cruzar el río Mara. Un congénere ha
caído y los cocodrilos se lo están comiendo. En este caso, el pequeño grupo de
gente que atendía a la accidentada luchaba por salvarle la vida, a pesar de temer
fatal desenlace.
Y aún quedaba para mí lo más
impactante. De alguna tiendecita de la zona de sombra, estando yo cerca del
semáforo, salió una mujer mayor que llevaba un niño de pocos meses en brazos.
Miró hacia donde todos. El policía dirigía el tráfico, los coches de ida
pasaban al carril de servicio del Bus. El tráfico se había ordenado en cuestión
de pocos minutos. Extraordinaria rapidez.
La mujer mayor empezaba a preguntar que había pasado cuando: “¡Parece que
es mi hija! ¡Hija mía!”, y se abalanzó hacia la carretera. Otra mujer recogió
el niño. El policía y otras personas intentaron detener a la pobre señora que
quería pasar con el tráfico de llegada.
Había unas señales de tráfico en
la mediana que limitaban la velocidad y tapaban la visibilidad de lo que
quedaba atrás. La accidentada, seguramente cruzó por zona indebida, unos pocos
metros más abajo del semáforo, que entonces estaría en rojo. La conductora
aprovechó para pasar a más velocidad de la debida, pues no había tráfico y
apenas gente por la calle, y con el Sol de cara y las señales no la vio.
La vida seguía para los demás.
Crucé el semáforo, junto con otras personas, cuando lo indicó el policía. Una
ambulancia llegaba cuando yo ya estaba a salvo junto a la farmacia. Se paró
junto a la accidentada.
Silencio en los espectadores de ambos lados. Llegué impresionada al
supermercado. Una mujer conocida del pueblo entraba a la vez. “Es una de
nuestra edad”, o algo así, dijo a la cajera.
A la salida del Super pasé por el Centro de Salud. Se escuchaba la voz
desgarrada de una mujer: ”¡Me la ha matado, me la ha matado!”.
Al otro día leí que la fallecida era enfermera, 36 años, de una conocida familia
de un pueblo cercano (Guijuelo) Estaba casada y tenía un niño de tres meses. Fue
atropellada al cruzar la carretera por zona indebida. Una persona socialmente valiosa
¡Cuantos planes de futuro truncados: el verano en familia feliz,
truncado, la abuela criando al nieto, el recuerdo de lo que pudo ser y no fue.
Se juntaron dos prisas: una fue
mortal y la otra un grave contratiempo.
En 2004 la carretera de Madrid, a su paso por el centro del pueblo, tenía 4 carriles, 2 centrales (ida y vuelta) y lateralmente los carriles de servicio (por ahí iba el autobús y los coches que entraban y salían de las calles laterales)
Había 2 medianas (ahora hay una) a los lados de los 2 carriles centrales, los más rápidos. El accidente aconteció junto a la mediana frente a la parada del BUS de ida, y la farmacia (mediana a la derecha de la conductora)
El paso de cebra está en el mismo lugar (foto)
Me acuerdo muchas veces, sobre todo los 30 de junio. Y pienso en los años que tendría ella, el hijo, y como cambio la vida de la familia.

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