Posguerra civil española: 1940-1952


La Postguerra

"La postguerra fue peor que la guerra – contaba mamá – fue la época del racionamiento. Teníamos que comer pan negro (de centeno) que me sabía malísimo. Había escasez de víveres. Y me tocó en tiempo de desarrollo (con la menarquia) Pasamos mucha hambre. Y menos mal que madre tenía el cajón de la mesa lleno de tabletas de chocolate. No había huevos. Vendían lo que llamaban huevina y leche en polvo. Carne no había"

Recién terminada la Guerra Civil en España empezó la europea, el régimen de Franco ya no pudo “gozar” de las buenas relaciones con Alemania e Italia y comerció con Iberoamérica. Con el país que mas se relacionó fue con Argentina, régimen de Perón. De ahí llegaron productos básicos que aquí faltaban, sobre todo carne.
"Era una carne muy buena. Pero todo estaba muy caro". Contaba mamá.

Cuando terminó la II Guerra Mundial, España esperaba entrar en el Plan Marshal, plan de ayuda de Estados Unidos para la reconstrucción de Europa. Pero España no había participado en esa contienda y quedó fuera. De ahí la película satírica "Bien venido Mister Marshal" de 1953.

Los Pérez cambiaron de casa, de la Calle Oviedo a la Calle Santiago, en pleno centro de Logroño. Entonces la mayoría de la gente vivía de alquiler, había mucha movilidad. Las mensualidades eran asequibles para ingresos modestos. Mi familia nunca tuvo problemas de impagos. Entonces la gente era mucho más formal. 

España se fue levantando con el esfuerzo de los españoles y un poco de ayuda argentina. Perón y su esposa Evita llegaron en visita oficial en 1947. Aquí era verano y ella llegaba con un ostentoso abrigo de pieles. Era una mujer atractiva, marcó la moda de aquel tiempo.

En los 40s la moda de mujer era austera: faldas hasta la rodilla poco amplias, blusas y vestidos de tonos claros y estampados discretos para el verano, trajes sastre de falda y abrigos masculinos para el invierno. Muchas mujeres llevaban ropa reutilizada, de otros años o de otras personas. Muchos abrigos y chaquetones vueltos para ocultar el desgaste del tiempo.
En España gustaban las películas norteamericanas: westers, comedias, musicales. El baile o el cine eran las alternativas de ocio para los jóvenes. En el baile sonaba música orquestal con algún vocalista, hombre o mujer de voz agradable. Gustaba más la música de cine norteamericano o iberoamericana, de México sobre todo, que la tradicional española. Aunque siempre sonaba algún pasodoble, chotis, alguna copla.

A mamá le gustaba la música movida. Porque con las lentas los hombres se ponían pegajosos. Siempre bailaban en parejas. Las mujeres decentes procuraban que no las apretaran y así elegían novios que fueran respetuosos. Las mujeres desenvueltas se dejaban “sobar”, lo que estaba muy mal visto. Sonaban boleros (La vereda tropical, Cubanacán, Cita a las 6, Reloj) En España triunfaba Jorge Sepúlveda (Mirando al Mar, Santander)
María se fijaba no solo en los hombres sino también con quien bailaban y cómo. Si les veía con golfas no volvía a bailar con ellos. Si les veía respetuosos, con ella o con otras, si aceptaba volver a bailar. Y así aceptó bailar con Ernesto.

Paseando la familia por el Espolón, dijo Francisca a  su hija:
Paquita (abuela) - ¡Como te ha mirado ese guardia civil!
María (mamá) -  Sale con Rufi (una chica conocida)
Paca -   Me parece que está interesado en ti.
María -  Me ha sacado a bailar alguna vez. Parece muy formal.

Procuraban, tanto las mujeres como los hombres formales, no pisarse los candidatos unos a otros. Una mujer decente debía cerciorarse de no contrariar las aspiraciones de otra mujer y en caso de los hombres también debían de ir con cuidado en este aspecto, para evitar conflictos.

Un día en el baile Ernesto pidió a María salir formalmente. ella le preguntó si ya no salía con Rufi, y él dijo que solo acompañó una vez a esa chica.
Pero ella sabía que eso era mentira y habló con Rufina.
Rufi - Puedes ir con él. Lo nuestro no fue nada. Me acompañó pocas veces. Se nota que no va por mi.
María contó a sus padres lo que él le había dicho: que era cabo de la Guardia Civil, destinado en el cuartel de Logroño, que tenía 33 años y que vivía con su madre viuda y su hermana mayor. Era un chico bien parecido y muy formal. A veces se entusiasmaba y apretaba un poco, pero enseguida se daba cuenta y se contenía.

A los padres les pareció muy bien. Tenía oficio bien considerado, sueldo seguro como funcionario del Estado y, había que pensar en todo, si su hija se quedaba viuda, como era Cabo le quedaría pensión de viudedad. 
Conocían a algunas mujeres viudas de guardia civil raso que tenían que buscarse la vida: vivir con los padres, los suegros, trabajar, volver a casarse o ser mantenidas por algún hijo, como la abuela Constantina. 

La honradez y la seguridad eran los valores fundamentales de la época. Si a esto se añadía el agrado físico que producía la otra persona, mejor. 
Mamá se fijaba bastante en el físico: no le gustaban los bajitos, ni los gordos, ni los de carácter brusco o cambiante. Y a Ernesto le gustó la figura, la cara agradable y el buen carácter de la chica. El gusto fue mutuo. Él si se enamoró. Ella se dejó querer por el mejor que le había salido, que ya pasados los 25 años se las consideraba solteronas. María tenía 26.

Una vez que no habían quedado la llamó al timbre y ella bajó con ropa de casa. Le dijo que había quedado libre de servicio y si quería salir.
Luego le confesó que había sido una estratagema para pillarla sin arreglar. Y que le gustó mucho como estaba. 

(Yo que quería deshacerme de un pretendiente, bajé echa una facha y con la bolsa de basura para tirar. Pero no se espantó)

Ernesto gustaba de una belleza natural, sin afeites ni arreglos. Y María medio en serio medio en broma, que ella también tenía derecho a verlo “de trapillo”. Se fijó en él en calzones, en un partido de futbol en “Las Chirivitas” (cerca del Polígono de Lobete) donde jugaba en el grupo de guardias solteros frente a casados (normalmente ganaban los solteros)
María pudo verle las piernas.
- No son bonitas, como las de todos los hombres, algo torcidas. ¡Y que feo está con esos calzoncillos tan anchos! Parece más pequeño.
- Afortunadamente ese es un atuendo poco habitual – Le dijo la madre – Con el uniforme está muy bien. Infunde mucho respeto.
(Desde los años 70 si uno se fija en los hombres, es como para no emparejarse en la vida. Visten de mamarrachos ¡Aunque las mujeres...!)

A los 11 meses de salir María le puso las cosas claras: los noviazgos largos no eran bien vistos entonces. Él le dijo que no se atrevía a pedirle de casarse porque no había podido ahorrar, pues se lo daba todo a su madre y ésta tenía muy mal carácter. No se atrevía a hablar con ella. Pero que estaba totalmente decidido a casarse y le pidió hablar con sus padres.

Ernesto subió a la buhardilla de la Calle Santiago, donde entonces vivía la familia. Pidió la mano de la novia regalándole una bonita y humilde pulsera. Los padres accedieron encantados y Fernando, que vivía también allí, destapó una botella de sidra champanada para celebrar el evento.
El novio dijo que se iría a vivir al cuartel y que buscaría trabajo a su hermana para que mantuviera a la madre.
Mamá y la abuela le vieron salir del portal y marchar hacia el cuartel. Dicho y hecho, era un hombre de palabra.

Constantina cogió un berrinche enorme. Lo acusó de estar abandonándolas.
- Y ¿de que vamos a vivir?
Purificación le llevó ropa al cuartel.
- No se lo digas a madre que te la he traído.
Ernesto buscó trabajo a su hermana y lo halló en una fábrica de lanas que había pasando la vía del ferrocarril (por donde la nueva iglesia de Valvanera, construida en los años 60) (Donde también "enchufó" a su cuñado Nestor)
Constantina quedó muy enfadada y cuando veía a su hijo por la calle le insultaba y le intentaba pegar. El se alejaba avergonzado. Se desahogaba con la novia.
- La gente puede pensar que le he hecho algo malo.
- No te preocupes, ya se le pasará.
Y en casa criticaban a la futura consuegra.
- Hay que ver esa mujer. Trata al hijo como si fuera el marido.
- Debió ser terrible para ella quedarse viuda tan joven. Perdería entonces la cabeza.
- Y no quedarle pensión…
- ¡Pobre hija! (Puri) Ella va a pagar ahora todas las frustraciones de la madre.
- Parece que no es guapa. Pero lo más probable es que no se haya casado por el egoísmo de la madre.

De derecha a izquierda: Ernesto (papá) María (mamá) Fernando (hermano de María, padrino) Serafina (esposa del primo Jesús, madrina) la tía Nicolasa (suegra de Serafina, mujer del tío Juanito) Juanito y Jesús eran ateos, no iban nunca a misa.


La boda de Ernesto y María

El 9 de agosto de 1952 María Consuelo Pérez Alcalde, de 27 años (nacida el 15 de diciembre de 1925) modista, y Ernesto Bravo García, de 34 (nacido en Torrecilla de la Tiesa, Cáceres, el 13 de septiembre de 1917) cabo de la Guardia Civil, se casaron en la capilla del Pilar de la iglesia de Santiago, parroquia de la novia. Mamá eligió esta capilla por ser la del Pilar la patrona de la Guardia Civil. Aquel día había varias bodas en otras capillas de esa iglesia.



La novia vestía un traje sastre, de falda y chaqueta, de paño grabado y color negro, y una blusita blanca de fina tela. Lo había confeccionado ella misma. Las telas eran buenas, compradas de ocasión. El novio vestía traje de gala (verde, tricornio negro y amarillo, y galones rojos de cabo)
Asistió poca gente, de la familia de ella. Ernesto se llevaba mal con su madre, Constantina García Ramos. Temía que ésta acudiera para dificultar el evento y no se lo comunicó a la madre. La hermana, Purificación, tampoco asistió, a ella si le hubiera gustado. Todo fue normal.
Los padrinos fueron el hermano menor de la novia, Fernando Pérez Alcalde y Serafina, esposa del primo Jesús, hijo de Juan Alcalde Hernáiz, hermano mayor de Francisca, la madre de la novia. A la ceremonia eclesiástica asistió Sera con su suegra Nicolasa. Jesús y Juanito no fueron a la iglesia, porque eran ateos, pero si al convite.

Tiempo después Ernesto se enteró de que Serafina se había hecho protestante y consultó al párroco de Santiago, por la validez de su matrimonio. Éste le aseguró que si era válido. En aquel tiempo la ceremonia eclesiástica era mucho más importante que la civil. Ésta se realizó el día anterior: los contrayentes fueron al registro civil donde se inscribieron. 

Cuando los novios llegaron al altar, ya estaban casados civilmente. Se habían apuntado en el registro civil el día anterior. En aquel tiempo era costumbre que este evento no fuera importante ni válido ante la Sociedad. Y no era habitual que la noche de bodas la pasaran antes de pasar por la iglesia. La novia salió de casa de sus padres, a pocos pasos del templo, y el novio del cuartel de la Guardia Civil, donde residía en la zona de solteros.

Al salir de la iglesia, el fotógrafo los sacó mal, despreciativo por ser "boda de medio pelo" (poco dinero) 
Parecen feuchos y bajitos. En la realidad mamá era muy guapa y papá muy bien parecido.

El convite se hizo en casa de la novia. En la buhardilla, cuarto piso, de la Calle Santiago, esquina a  Calle Mayor. Fue una comida de día de fiesta. Aunque no "se tiró la casa por la ventana".
Por la tarde los novios tomaron el tren hacia Zaragoza. Iban a casa del hermano mayor de ella, Néstor (nacido a finales de febrero de 1919) que vivía con su esposa Carmen Grau (n. 1922) en un pueblecito cercano a Pobla de Segur, Lérida. Tenían un hijo de pocos meses, Nestorín.
Mamá se arrepentiría de este viaje.
"Debimos haber ido a San Sebastián, como hicieron mis padres. Pasamos mucho calor. En Pobla de Segur dormimos sobre una cuadra. El retrete era un agujero al pajar". ¡Vaya perfume para una luna de miel!
No comenzó bien pero sería un matrimonio estable: feliz y duradero. Mis padres se llevaban muy bien, mejor que los abuelos. Fueron compañeros durante casi 33 años, hasta que la muerte de papá los separó, ¡que pena más grande!



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